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En tierra de españoles cansados
de tanto viajar, de anchos solares,
de aljibes, aldabas, candados,
de plazas y grandes mercados;
con muy pocos seculares,
algún merecido loco,
y muchos más persignados
creciste tú. Te fue vedado
el sagrado libro de la medicina,
(lo compartiría después mi abuelo)
y aquella otra ocupación divina
de convento, rosario, encierro.


A ti perteneció aquella casa
con sol, ventanas, buen queso
y mezcal, aguacate y chicharrón,
donde una noche y de traje
Agustín arrulló mi sueño.
¿Quién pudiera descifrar entonces
el lejano cielo?


La vida, con alevosía
planeaba tus dones, y aún tarde
te otorgó tiempo para regalarle
al mundo un Bernardo, que es sabio,
un Gabriel que de la ciencia hace poesía,
un Rafael inventor, una Cecilia y su arte,
y a mi madre, que es Lucía.


Supiste ser estandarte de aquel Dios
del viejo mundo, que cargó su propia cruz.
Nos diste la ética y la luz
que ojalá tuviesen las naciones,
el respeto a los hermanos, la bondad
inquebrantable, la generosidad
que es ciega, la integridad y sus dones
que no mueren, y poco más de dos
recetarios que muestran, sin medida,
el placer de la comida.


¡Cotija, tu historia se lee y se reza!
La fe no deja nada al azar
excepto la muerte, recién brindada
a tu última hija que sabía rezar,
¿Qué será de ti sin María Teresa?